Agosto 27, 2007

Ángel Vengador

Tras ser abandonado en su infancia, el impresionante Ángel Cabrera luchó para pasar del barrio al country club y terminar adjudicándose el U.S. Open. Sin embargo, en cierta forma nunca ha salido del camarín de los caddies.

Por Alan Shipnuck y Luis Fernando Llosa

Es una noche de viernes en Villa Allende y, como es costumbre, Ángel Cabrera está en el centro de la acción. Hace seis semanas que ganó el U.S. Open y la noche anterior fue homenajeado en la Casa Rosada por el presidente de la nación. Esta noche, Cabrera está de vuelta en casa, en este poblado en las afueras de Córdoba, a los pies de las Sierras Chicas. En Villa Allende las noches de viernes siempre comienzan en la trastienda del Almacén y Bar Cóndor, un bar local donde Cabrera se reúne con dos docenas de los hombres a quienes llama sus compañeros.

A sus 37 años, Cabrera ha logrado 16 campeonatos de nivel mundial y ganancias que bordean los $20 millones. Para él, sin embargo, seguir siendo una persona común y corriente no es ningún problema. Los parroquianos del Cóndor son caddies, jardineros, y otros changarines del barrio viejo de Mendiolaza – pueblo aledaño en que creció Cabrera – que beben con la misma intensidad con la que trabajan para ganarse la vida. La suya fue una vida llena de golpes: tras ser abandonado por sus padres a los tres años, dejó de ir a la primaria para ganarse la vida con diversos trabajitos. A muchos de sus compadres del Condor los conoce desde que era un niño, y ellos lo tratan como uno de los suyos.

Las mujeres y los desconocidos no son bienvenidos en la trastienda. Una vez que los sospechosos de siempre han llegado, se cierran las puertas delanteras para garantizar seguridad y exclusividad. Los hombres no hablan de política ni de golf ni del tiempo. Más que nada, se dedican a cultivar el fino arte del insulto, y Cabrera no es inmune a la permanente artillería de bromas y palabrotas. Mientras a un tipo con una llamativa cabellera entrecana lo llaman Casco, a Cabrera le dicen Pelado debido a la cada vez más escasa cobertura de su cabeza. Muchos de los otros sobrenombres son derechamente irreproducibles.

Finalmente se sirve la cena en las mesas hechas de tablones del espartano cuartito trasero. El apetito de Cabrera no tiene nada que envidiarle a sus salidas de golf – es sencillamente prodigioso. Primero engulle un gigantesco plato de bifes a caballo, platillo conformado por suculentos bistecs enterrados bajo una capa de jugosos huevos fritos. Entre estos comensales los cubiertos son considerados una extravagancia, por lo que Cabrera agarra con las manos un pedazo de lo que llena su plato y se lo embute en la boca. Mientras la yema de los huevos le chorrea entre los dedos, le hace un gesto a sus compinches para que se le unan. Los paladares son remojados por ahora con una delicadeza cordobesa: Coca Cola con Fernet Branca, un licor amargo y fragante destilado de uvas y más de 20 hierbas y especias. El Fernet se hace en Italia y a Cabrera le gusta contar la historia de cuando muchos años atrás, durante un Abierto Italiano, lo expulsaron de un restaurante porque al dueño le pareció extremadamente vulgar mezclar Coca con un bajativo tan elegante. Aquí en el Cóndor, el combinado se sirve de botellas plásticas de dos litros recortadas.

En medio de esta desordenada escena asoma una nota de gracia. Concluida la comida, el hombre al que esa noche le tocó hacer de chef alza sus manos con dramatismo y se produce un profundo silencio. Entona un emotivo tango, con versos de amor perdido y remordimiento. Cuando la canción termina, los hombres aprueban con sus aplausos y se reanuda el suave rugido de los machos, que compiten a ver quién presume más.

Cabrera está en su salsa. Es otra noche de viernes con sus amigotes. “No por haber ganado el U.S. Open voy a cambiar mi forma de vida”, dice. “Voy a seguir viviendo en Villa Allende, comiendo asados y tomando Fernet. Voy a hacer lo mismo que he hecho siempre”.

Puede que los viernes estén reservados para los compadres en el Cóndor, pero otra noche de la semana es posible encontrar a Cabrera en el elegante bar del Novecento, un exclusivo nuevo boliche de Villa Allende. Si puede que el nombre le suene familiar, es porque el restaurante tiene locales en Miami Beach y el SoHo de Nueva York. Villa Allende no es el lugar en que uno esperaría encontrarse un Novecento, pero sucede que Cabrera es amigo del propietario de los restaurantes y lo convenció de instalar uno en su nueva cancha de práctica, abierta la primavera pasada gracias al financiamiento de Cabrera y su amigo – y alguna vez patrocinador – Eduardo (El Gato) Romero, la leyenda del Champions Tour. Las instalaciones del lugar son refinadas, y en ellas Cabrera pule su inspirado juego. Pero se siente igualmente en casa en el Novecento, donde se codea con los adinerados de Villa Allende, que se debaten entre platos de queso y piezas de atún adornadas con sésamo y glaceadas con salsa de soya.

Ésta es también la gente de Cabrera. De entre ellos ha escogido amigos de confianza para que manejen su carrera, cuiden de sus finanzas y supervisen las obras de caridad que se nutren de su generosidad. A lo largo del tiempo, Cabrera ha aprendido a imitar sus modales de country club, pasando de ser un chico que sobrevivió en la calle con sus puños y su inteligencia a un caballero del golf que deslumbró a los espectadores del U.S. Open. Manejar del Cóndor al Novecento toma pocos minutos en el Jeep Cherokee negro de Cabrera. Es un viaje familiar para un hombre que se ha pasado la vida trasladándose entre mundos diferentes. La casa en que pasó su infancia está todavía en un silencioso camino de tierra en Mendiolaza, al borde de un arroyo rodeado de basura. Los perros callejeros vagan sin preocupaciones, ignorando a los niños que corren por las calles. La simple vivienda cuadrada consiste en poco más que murallas de ladrillos, techo de latón y una enredada historia familiar.

Miguel, su padre, era un changarín – un hombre dedicado a construción y reparaciones– de quien se dice que tenía el mismo aprecio por el licor que su hijo. Su madre, Luisa, era una hermosa mujer de pelo negro que trabajaba de empleada. Ángel tenía tres o cuatro años cuando sus padres se separaron. Su madre tomó la custodia de su hermano y hermana menores, mientras que Ángel quedó al cuidado de su abuela materna, Pura Concepción, lo que significó dormir en un camarote emplazado en el living de su pequeña casa de techo de latón. Ahí vivió hasta que tenía 16, resistiendo con los recursos mínimos. Pura Concepción limpiaba casas y, de niño, Cabrera solía acompañarla a las casas de la elite de Villa Allende. A veces hacía trabajitos como jardinero para Juan Cruz Molina, magnate local de bienes raíces. Pero ese trabajo duró hasta que se tomó una siesta en la entrada de la casa de Molina. “Su esposa me vio y me despidió”, dice Cabrera riéndose a carcajadas. “Me corrió”.

A Cabrera siempre le gustaron las travesuras. Villa Allende es una tierra de caballos, y cuando niño uno de sus pasatiempos favoritos era montar junto con su mejor amigo Daniel Salibi los caballos que habían liberado sin el permiso de sus dueños. (He ahí otra improbable historia de éxito: actualmente Salibi es el alcalde de Mendiolaza).

Cuando tenía 10 años, Cabrera descubrió algo que cambiaría su vida: comenzó a trabajar de caddie en el Córdoba Country Club, un exclusivo recinto que existe desde 1922. Cabrera ganaba hasta 25 pesos por turno, lo que hoy en día es el equivalente de casi ocho dólares. Con eso le alcanzaba para vivir. “No me convertí en caddie porque quisiera”, dice. “Lo hice porque era una forma de ganar dinero y alimentarme. Era trabajo. Uno digno”. A pesar de todo, le llevó un tiempo tomarse en serio su nueva vocación. Un socio del club recuerda una vez que, durante un torneo, dejó en el suelo la bolsa de palos que cargaba para perseguir mariposas por el fairway.

Cuando cursaba sexto grado, Cabrera abandonó la escuela para dedicarse por completo a ser caddie. A Molina, socio del club, le encantaba contratar sus servicios pero, preocupado por el futuro del pequeño, le ofreció pagarle para que fuera a clases, sin éxito. “¿Para qué ir a estudiar?”, dice Cabrera. “¿Para cargar palos?”. (Por años ha circulado entre la prensa el rumor de que Cabrera es analfabeto, lo que el campeón niega. “Sé leer y escribir”, dice de frente. “Fui a la escuela por seis años. Simplemente no pude seguir”).

La caminata de la casa de su abuela al club es de sólo 10 cuadras cuesta arriba, pero para Cabrera el viaje era transformador. “Tuve mucha suerte, porque pasar el tiempo en el club era mucho mejor que estar en la calle”, dice. “El golf me enseñó muchas cosas. Crecí rodeado de profesionales – abogados, doctores, ingenieros. Estando cerca de ellos aprendí a comportarme, a hablar, a comer, a vestirme. En casa no tenía nada. El club era mi casa”.

Cabrera recibía otra educación, una muy distinta, cada lunes, cuando el club cerraba sus puertas y los caddies tenían para ellos el curso, jugando intensos partidos por dinero. En este ambiente fue que aprendió a jugar golf y a competir. La tradición de los lunes sigue viva. En una clara tarde de fines de julio, tres docenas de caddies se presentaron a disputar su juego habitual: en parejas, a 10 pesos el hoyo, sin límites de apuestas laterales. Los swings eran suaves y atléticos; el ritmo de juego, energético; y la observancia de las reglas, absoluta. No se concedía ningún mulligan y los caddies lo dejaban todo sobre el pasto. Su equipo y ropas tapizadas de logos eran un revoltijo de cosas regaladas por los socios, y no era raro ver a un grupo de cuatro jugando con la misma bolsa de palos. (A veces Cabrera saca sus propios palos de la bolsa, lo que explica en parte cómo fue que alguien que comenzó como caddie llegó a usar un brillante driver Ping Rapture de 7,5 grados de loft y varilla prototipo Aldila extra rígida).

Todos los que llevan años en el patio de los caddies tienen su historia favorita del joven Cabrera, apodado El Pato por su manera de andar. Muchas de esas historias tienen que ver con la intensidad del astro. José Antonio Vázquez, que lleva más de 30 años trabajando en el Country Club, recuerda: “Supe que El Pato iba a ser un gran jugador cuando tenía 15 años y lo vi volverse loco tras tener una mala salida del hoyo 10. Estaba furioso, porque se tomaba el juego completamente en serio. Practicaba sin parar y había dos opciones: o iba a terminar devorándose la cancha, o la cancha se lo iba a devorar a él”.

Pero la furia de Cabrera no estaba confinada al campo de golf. En esos tiempos era alto y flaco, pero aun así proyectaba la amenaza de un toro desbocado. En Córdoba se practica un baile folclórico llamado cuarteto – con pasos rítmicos y energéticos similares al merengue. El cuarteto es un número fijo en la escena social cordobesa, y Cabrera se hizo conocido en los salones de baile. “Siempre estaba en la calle peleando”, dice Rodolfo Monjes, otro veterano caddie del Córdoba Country Club. “Normalmente tenía que ver con una chica”. Los que conocieron a Cabrera en esos años guardan frescos los recuerdos de su ferocidad. “No había manera de controlar al Pato”, dice Molina. “Uno podia intentarlo, pero al final terminaba pasándote por encima”.

Cabrera nunca ha negado su pasado pugilístico. ¿Cómo podría, con las cicatrices que adornan su cara? “Peleaba todo el tiempo”, recuerda. “Aquí los barrios están muy divididos, así que cuando íbamos a los cuartetos, los chicos de cada barrio salían a pelear si alguien miraba a la chica de otro. O simplemente porque estaban borrachos y querían pelear”.

Cuando se empinaba a los 20 años, su manera de jugar al golf se distinguía por el mismo estilo agresivo y sin refinamiento. La cancha del Córdoba Country Club es par 72 y tiene 6.876 yardas. Sus principales defensas son sus pequeños e inclinados greens. Desde el tee, es campo abierto, y Cabrera dice, “Aprendí a pegarle con todo. No me importaba. Siempre salia con toda mi potencia”.

Cabrera demostró tener suficiente talento como para que lo comenzaran a financiar algunos socios del club, con lo que pudo comenzar a viajar a torneos en los que pronto se destacó. La idea de convertirse en golfista profesional comenzó a volverse cada vez más atractiva cuando Cabrera tuvo una familia que alimentar. A los 16 se había ido de la casa de su abuela para vivir con su novia Silvia, once años mayor que él y que vivía a una cuadra de distancia. Cuando Cabrera cumplió 20, tuvieron un hijo llamado Federico. Cabrera se hizo profesional al año siguiente. Se dio un año para entrar al circuito profesional o, de lo contrario, se buscaría un trabajo real. En 1995 ganó los abiertos de Paraguay y Colombia, y en el ’96 se adjudicó el Volvo Masters de Latinoamérica. Para entonces ya tenían otro hijo, Ángel.

Cabrera es un padre cariñoso, sin temor a expresar su afecto. “Con sus hijos es como un oso de peluche gigante”, dice su amigo y entrenador de swing Mariano Bartolomé. Cabrera es también un hombre de dicotomías extremas, por lo que no es sorpresa que la vida familiar de este cálido padre esté marcada a la vez por un amargo distanciamiento.

Tras dejar al joven Ángel al cuidado de Pura Concepción, Miguel se volvió a casar y tuvo cuatro hijos más. Actualmente vive en Villa Allende, un pueblo tan pequeño que a la larga es inevitable que sus caminos se terminen cruzando. No hace mucho, Ángel estaba sentado en un bar cuando vio entrar a su padre. Ángel hizo como si no estuviera ahí, diciéndole a un amigo sentado a su lado, “No quiero tener nada que ver con ese tipo”.

Es más difícil negar la existencia de otros parientes sanguíneos. Cabrera es ahora un activo miembro del Córdoba Country Club, donde los otros hijos de Miguel – los medio-hermanos de Ángel – trabajan de caddies. Durante los recientes torneos de four-ball, fueron entre los mejores de la cancha, que por entonces se había teñido de khaki porque el pasto bermuda había comenzado a hibernar durante el frío del invierno. Patricio, un esmirriado muchacho de 27 años, no tenía nada que decir sobre su famoso hermano. Guillermo, de 24, es una versión pequeña de Ángel: de hombros musculosos y potentísimo desde el tee. Lo único que dijo fue que “no tenemos ningúna conexión con él. Tiene su temperamento, es duro, pero también creció solo”.

A Ángel no le gusta hablar de sus parientes. “Pasemos a otro tema”, dice, y eso es lo que hace. Y no es que se calle sólo con los periodistas. Bartolomé lo acompañó siete años en el circuito sudamericano y ahora suele salir con él en Villa Allende, pero, sobre la situación familiar de Cabrera sólo puede decir que “es un gran misterio. Es una parte de su vida que mantiene totalmente en privado. Nadie sabe”.

Sin embargo, no es difícil ver cómo es que su fracturada familia ha afectado a Cabrera. Cuando era un caddie del Córdoba Country Club, solía gravitar hacia diversas figuras paternas, incluyendo a Molina, que le regaló su primer juego de palos cuando tenía 16, y Manuel Tagle, el presidente paternal del club y temprano soporte financiero, cuyo hijo – que se llama igual – hace ahora de agente de Cabrera. Y para un chico que nunca llegó a conocer a su madre, probablemente no es una sorpresa que Cabrera se enamorara de una mujer mayor que él. (Ángel y Silvia han estado juntos desde más de 20 años).

En 1999 Cabrera dejó la cómoda familiaridad del tour sudamericano, en que era el jugador más poderoso, para probarse en Europa. A miles de kilómetros de distancia de Villa Allende, necesitaba crear una sensación de familiaridad, por lo que se ha convertido en el patriarca de un emergente grupo de jugadores y caddies argentinos. Uno de los actuales protegidos de Cabrera es Andrés Romero, el deslumbrante jugador de 26 años que casi se quedó con el British Open del mes pasado.

“Viajamos juntos, nos quedamos en la misma casa o hotel, comemos juntos, jugamos juntos. Es como familia”, dice Romero. Pero no siempre le abren las puertas a los extraños. A Cabrera le encanta contar la historia de cuando un caddie irlandés trató de colarse a una de las fiestas de Fernet de los argentinos. Cabrera trató de espantarlo con instrucciones de que fuera a tomarse unas Guinness, pero el caddie resultó ser insistente, así que el enojado Pato le preparó un potente cóctel con poca Coca Cola. “Le dijimos que tenía que tomárselo en dos tragos largos”, recuerda Cabrera. “Poco después tenía las manos en los bolsillos y su cara terminó en el suelo”. Sobra decir que nunca volvió.

Cuando llega la hora de comer, no de tomar, Cabrera insiste en ser el que cocina, inclinándose por una dieta que parece consistir más que nada en carne roja. Cabrera recuerda una historia del abierto de Escocia: “Queríamos hacer un asado, así que fuimos a una carnicería y convencimos al escocés de que nos dejara entrar al fondo. Entonces escogimos un enorme pedazo de costilla para llevarnos. El tipo quería cortarlo, prepararlo, pero le dijimos que queríamos el pedazo completo, tal como estaba. Probablemente medía seis por tres pies y pesaba unos 15 kilos. El carnicero no se lo podía creer, pero nos dejó. Así que nos llevamos toda la pieza, pero no teníamos parrilla. Entonces fuimos a un supermercado y compramos cosas, que luego llevamos al auto en los canastos de metal con que compras – los chicos, no los con rueda. Metimos los canastos al auto y partimos. Cuando llegamos a la casa, cortamos los canastos para hacer la parrilla. Encontramos unos ladrillos y piedras para afirmarla. Fue increíble, un montón de argentinos comiendo y tomando cerveza y vino y Fernet”.

Otro indicador de cómo Cabrera ha logrado exportar su estilo de vida de Villa Allende es que nunca se ha molestado en aprender inglés. “No me interesa”, dice. “¿Sabes lo que me dijo [Roberto] De Vicenzo” – el santo patrono del golf argentino – “como cinco años atrás? ‘No te preocupes – si pegas cerca de 60, todo el mundo te va a entender. Si pegas 72 ó más, te vas a morir de hambre’”.

En el U.S. Open, Cabrera fue presentado al mundo como un hombre meditabundo, de pocas palabras y muchos cigarros, una encarnación de los gauchos que pueblan el folklore argentino. Incluso la manera de jugar de Cabrera calzaba en la imagen. Su manera de pegarle a la pelota era tan fuerte e impactante como el golpe de un látigo. En la conferencia de prensa posterior a su victoria, realizada mediante un intérprete, su comportamiento fue tan reservado que rozó la melancolía. Parte de ello se debía a la barrera del lenguaje; parte también a su creencia de que la gloria radica en los logros, no en crear leyendas en torno a ellos.

La poca apertura emocional de Cabrera esconde un corazón abierto. Ha donado dinero para construir una institución para niños discapacitados de Villa Allende – dirigida por María Tagle, la madre del agente de Cabrera – y en Mendiolaza fundó un centro municipal de deportes y arte. En el Córdoba Country Club sobran las historias de cómo Cabrera ha ayudado a caddies en aprietos o ha pagado las cuentas médicas de sus niños. Cabrera sigue venerando la cultura de los caddies de la que emergió y, junto a Eduardo Romero, también oriundo de Córdoba y socio del club, están parcialmente financiando instalaciones nuevos para los caddies. “No se me olvida cómo era la vida”, dice Cabrera.

Le gustaría que sus hijos tuvieran un poco del hambre que lo impulsaba por entonces, pero ¿cómo podrían? De niño, Cabrera robaba caballos si quería cabalgar. Federico, de 18, y Ángel, de 16, tienen dos casas de campo entre las cuales elegir si quieren montar sus propios potros. Ambos chicos son también golfistas serios, y Federico es considerado un talento importante. A pesar de que pesa unas 30 libras menos que él, de vez en cuando su drive llega más lejos que el de su padre. “Si lo dejo”, dice Ángel, riendo. El 2006, Federico jugó en el U.S. Public Links (el campeonato nacional estadounidense para quienes juegan en canchas públicas), y dos semanas atrás se aventuró a Miami para jugar una seccional del U.S. Amateur, pero no logró clasificar. Y si le preguntan si le gustaría ver a Federico seguir sus pasos, Cabrera dice, “Él es el dueño de su destino”. El mejor amigo de Federico, Herman Tagle (hermano menor del agente de Cabrera), es más claro: “Federico es puro talento, pero es flojo”.

Ello puede explicar por qué Cabrera insiste en que sus hijos vayan todos los lunes al club a jugar con los caddies, donde los mimados hijos del campeón del U.S. Open se ven obligados a enfrentar la intensidad de hombres mayores que juegan para poder comer. Para los niños es también una oportunidad de apreciar la antigua vida de su padre.

Si bien el triunfo en el Abierto estadounidense hizo que el mundo conociera a Cabrera, su carrera va a seguir centrada en los torneos europeos, lo que no es sorpresa, puesto que es ahí donde se siente en casa. La idea de jugar a tiempo completo en Estados Unidos no le atrae, puesto que, como dice, “No creo que pudiera adaptarme al estilo de vida”.

Con su cuadragésima segunda ubicación en el ranking por puntos, Cabrera está muy lejos de poder aspirar a la Copa FedEx, pero es un golfista tan impredecible que tampoco puede descartarse la posibilidad. A él le preocupan menos las minucias de un torpe sistema de puntos que tener presentaciones sólidas en cuatro torneos importantes. Antes de su victoria del U.S. Open, Cabrera era considerado un extravagante jugador que nunca estaba a la altura de su talento, uno al que sólo le faltaba confianza en sí mismo. “Ahora sé que puedo ganar lo que sea”, afirma, y está decidido a comenzar a hacerlo realidad.

Pero el U.S. Open también ha dejado en claro que el legado de Cabrera estará marcado por mucho más que su colección de trofeos. “Ganar el Open fue muy especial, muy especial para Argentina y su gente, y para el golf en mi país”, dice José Cóceres, otro caddie argentino convertido en exitoso jugador profesional. “Los hinchas del fútbol, la gente de la calle, todos lo siguieron y gritaron. Para algunos era la primera vez que habían visto golf en su vida”.

Cabrera está entusiasmado de usar este capital para aumentar el bajo número de golfistas en su país. Hasta ahora ha concentrado sus fuerzas en acciones locales cerca de Córdoba. Ha realizado gestiones con el gobierno local para que entreguen fondos para proyectos y becas a los golfistas jóvenes, y Cabrera ha comenzado a auspiciar personalmente a un grupo de jóvenes, apoyo que incluye darles acceso a su cancha de práctica. (A un promisorio jugador se le regalan todas las pelotas que quiera a cambio de hacer de instructor para otros chicos).

Es evidente que a Cabrera lo llena de orgullo el poder retribuirle un poco al juego que le ha dado tanto. Llegó al golf ganando 25 pesos por día y ahora apenas puede creer que en los cuatro torneos de la FedEx Cup va a estar compitiendo por $35 millones. Y por mucho éxito que Cabrera haya tenido en el competitivo mundo del Tour de la PGA, ése no es él. El verdadero Pato sigue siendo el de los viernes por la noche en Villa Allende.

Cuando lo dejamos en el Almacén y Bar Cóndor, come y toma alegremente con sus amigotes, y la fiesta sigue hasta la una de la madrugada, momento Cabrera finalmente decide partir. Su noche todavía no termina. Pocas horas después está golpeando la puerta de la casa de un viejo amigo, Juan Domingo Monjes. Inexorablemente, Cabrera termina en su viejo barrio. A unas cuadras está la casita en que creció con su abuela y, detrás de la colina, el Córdoba Country Club. ¿Por qué aquí? ¿Por qué a esta hora? Cabrera se ha pasado un largo día y la noche hablando sobre sí y su vida. Quizás necesita conectarse con su pasado en una forma visceral. O puede ser simplemente que está borracho y tiene un bajón de hambre. Cuando despierta a Monjes, le informa que van a hacer un asado. Ahora mismo.

En su casa, una mansión en la cima de un cerro construida tres años atrás, Cabrera tiene una costosa cava de vinos y una parrilla de interior de cuatro por nueve pies, en la que cocina sólo los mejores cortes de parrilla de un ranchero local, uno que sólo alimenta a sus animales con granos especiales. Aquí, junto a Monjes y bajo las estrellas, sus exigencias no son tan exquisitas. No tienen parrilla, así que Cabrera construye una en la tierra, usando piedras y otras cosas que encuentra al lado el arroyo.

Horas más tarde, cuando ya es de mañana, Monjes cuenta su historia, como si no pudiera creerla. Cabrera ya no está ahí, pero las brasas que dejó tras de sí siguen ardiendo.

Sports Illustrated

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